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EL PERFECCIONISMO QUE CANSA: ENTRE LA EXIGENCIA PROPIA Y LA SOCIAL

  • Foto del escritor: siygein siygein
    siygein siygein
  • 5 sept 2025
  • 2 Min. de lectura

Querer hacer las cosas bien es una virtud, el problema aparece cuando ese deseo se convierte en una exigencia constante, en una voz interior que nunca está satisfecha y que siempre pide más. Así nace el perfeccionismo, un patrón de pensamiento y comportamiento que, lejos de motivar, puede convertirse en un camino hacia la ansiedad y el agotamiento.

 

Cuando el “hazlo bien” se transforma en “hazlo perfecto”


Desde la infancia, muchas personas escuchan mensajes como: “puedes dar más”, “no te conformes” o “sé la mejor”, aunque parecen frases motivadoras, en realidad pueden sembrar la idea de que nunca es suficiente.

 

En el caso de las mujeres, esta presión suele multiplicarse:

  • Ser impecables en la escuela y más tarde en el trabajo;

  • Cumplir con expectativas familiares y sociales “ser buena”;

  • Mantener una imagen física adecuada “ser bonita”;

  • Evitar errores que puedan ser juzgados “ser perfecta”

 

El perfeccionismo se convierte así en una exigencia doble: la que nace de adentro (intrapsíquica) y la que proviene de fuera (intersubjetiva y transubjetiva)

  

El costo oculto del perfeccionismo


Lo que al inicio parece disciplina o compromiso puede terminar desgastando profundamente, algunos efectos comunes son:

  • Ansiedad constante: miedo a fallar o a ser juzgado/a.

  • Insatisfacción crónica: incluso los logros se viven como insuficientes.

  • Autocrítica excesiva: la voz interna se vuelve un juez implacable.

  • Cansancio emocional y físico: la energía se consume en alcanzar estándares imposibles.

  • Dificultad para delegar: la creencia de que “nadie lo hará igual de bien”.

  

¿Cómo aflojar la cuerda del perfeccionismo?

 

  1. Reconocer la raíz: preguntarse… ¿busco la perfección por mí mismo/a o para cumplir con lo que otros esperan de mí?

  2. Aceptar la imperfección como parte de la vida, equivocarse no es fracasar: es aprender, crecer y humanizarse.

  3. Celebrar los logros, aunque sean pequeños: Reconocer avances sin compararlos con una “meta ideal”.

  4. Practicar la autocompasión: Hablarse con amabilidad en lugar de con juicio severo.

  5. Permitir el descanso: la productividad no define el valor personal, detenerse también es necesario.

 

El perfeccionismo promete éxito, pero muchas veces entrega agotamiento y ansiedad, liberarse de esa exigencia no significa renunciar a la excelencia, sino aprender a equilibrarla con bienestar. Hacerlo “bien” ya es suficiente; hacerlo “perfecto” no siempre es necesario.

 

El perfeccionismo en lugar de impulsar, termina frenando la creatividad, el disfrute y la conexión con las demás personas.



 
 
 

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